El artículo por el que (no) seré odiado

Hay quienes hablan de sobreadaptación, esa capacidad que tiene el homo sapiens para adaptarse (valga la redundancia) a su medio a pesar de las condiciones del mismo, Darwin postuló que el organismo más adaptable al medio era el más propenso a sobrevivir, pero adaptable no significa que sea el más “apto”, ni el mejor, ni nada por el estilo, simplemente es el que responde mejor. En psicología conductual podríamos decir que la persona más adaptable es aquella que “responde de forma más eficiente a las contingencias que se le presenten”.

Ayer platicaba con una amiga y le mencionaba que los seres humanos somos cada vez menos “sorprendibles”, mucha gente hace 30 o 40 años habría considerado imposible una televisión de 40 pulgadas más ligera que aquellos trastos en blanco y negro que existían antes o una computadora de 1TB de espacio en el disco duro, considerando que los discos de 3 /12 almacenaban 1.44 MB, a lo que quiero preguntar: ¿Que pasaría si trajeramos a un cavernícola a nuestros tiempos? ¿Cómo reaccionaría ante los aviones, los televisores, proyectores, autos, etc.?

La peor pesadilla de la humanidad sería que el cavernícola no reaccionara, aunque sería probable que el estilo de vida moderno le causase un shock, lamentablemente no podemos realizar dicho experimento, pero con la sociedad pasan cosas interesantes, muchos críticos de opinión mencionan por ejemplo que la sociedad reacciona cada vez menos ante la violencia que hay en México, ¿Eso es adaptación? Considero que la modernidad nos lleva a un estado de indefensión en donde ya estamos aceptando todo lo que pase sin hacernos cuestionamientos de fondo y eso es lo que haré hoy o trataré de hacer hoy: cuestionar.

Ahora haré un ejercicio de libertad de expresión, y me expresaré respecto al sismo ocurrido recientemente en México y la reacción de la sociedad.

Lo primero que me llama la atención es que México es un país profundamente dividido y esto se remonta incluso a la época prehispánica, si nos detenemos a estudiar un poco la historia podemos ver la complejidad de todas las civilizaciones que existieron en México previo a la conquista, durante la conquista y posterior a la conquista, incluso en nuestra historia contemporánea hay quienes hablan de “tribus urbanas”, lo que deja en evidencia la pluriculturalidad de México, un elemento que en primera instancia es enriquecedor pero que en nuestro México está lleno de ciertos “estigmas”.

Citemos una parte de una canción de Amparo Ochoa:

Se nos quedo el maleficio
de brindar al extranjero
nuestra fe nuestra cultura
nuestro pan nuestro dinero.
Hoy les seguimos cambiando
oro por cuentas de vidrios
y damos nuestra riquezas
por sus espejos con brillo.

Hoy en pleno siglo XX
nos siguen llegando rubios
y les abrimos la casa
y los llamamos amigos.

Pero si llega cansado
un indio de andar la sierra
lo humillamos y lo vemos
como extraño por su tierra.

Tú, hipócrita que te muestras
humilde ante el extranjero
pero te vuelves soberbio
con tus hermanos del pueblo.

El fragmento anterior habla mucho de un sentimiento que la modernidad intentará a toda costa cubrir, pero que difícilmente separaremos de nuestra historia, el “malinchismo” y es uno de tantos problemas que afectan una sociedad dividida, pero insisto debemos tener cuidado, pensar que nuestras diferencias nos unen es un error, hay que pensar “somos tan diferentes que podría funcionar”.

Mi/la propuesta es reconocer que México esta dividido en dos niveles fundamentales en el nivel social y en el nivel estatal, es decir, México es un estado fallido y una sociedad fallida. Estado fallido por la terrible impunidad que existe, por la intolerable corrupción, por la ignorancia sistemática provocada por un sistema educativo deplorable y demás…

Y sociedad fallida por la incapacidad de sus ciudadanos de ser individuos, de ponerse de acuerdo en algo, de actuar solidariamente, de construir instituciones, agrupaciones y fundaciones que no trabajen solamente para ciertos intereses y aquí aclaro que siempre hay sus honrosas excepciones pero guiarnos por la peligrosa frase de “no hay que generalizar” es ser moderno y pretender que no existe una tendencia, que no existe una serie de mecanismos o servomecanismos que nos han llevado hasta este punto, es ser ingenuo y victimizarnos, es dejar de lado una responsabilidad sobre el estado de este país que todos compartimos en cierta medida, es ser como una hoja al viento sin ningún control de su destino, porque efectivamente una hoja no puede cambiar la dirección del viento, pero poco a poco el silencio también nos vuelve cómplices, ¿Podemos escapar a las consecuencias de estar vivo?.

Por lo tanto considero que hoy en día hablar de una identidad nacional o un orgullo nacional es mentir, mentir porque vivimos en un México que no se puede poner de acuerdo en prácticamente nada, y tampoco es una situación característica de México, sino del mundo, pero en México se refleja de un modo particular. Hace tan solo una semana Jenaro Villamil era “invitado” a no marchar al frente de una marcha (valga la redundancia) que condenaba el feminicidio de Mara Fernanda Castilla, ciertas mujeres le decían que tenía que ir a un costado o en la parte de atrás, ante lo que yo me preguntó ¿Cómo se puede leer o entender eso?. De modo que ese México que no permitió que hombres y mujeres (mexicanos y mexicanas) marcharan “codo a codo” exigiendo justicia en un feminicidio que sacudió a la sociedad contrasta profundamente con un México que de la noche a la mañana se volvió solidario con todas las víctimas del terremoto.

Y entonces surge algo que a mi parecer es demasiado curioso: de pronto todo se trata de ayudar y elogiar a los que ayudan dejando de lado el cuestionamiento la sospecha y ante de continuar quiero hacer un paréntesis: De ninguna manera considero que debe de dejarse de ayudar ni critico a los que ayudan, por el contrario lo agradezco, sin embargo considero que los problemas de México son estructurales y esos problemas son invisibles para una masa que se moviliza sin un orden aparente.

Hagamos algunas concesiones, digamos que la gente que ayuda lo hace con un corazón muy sincero y está ampliamente dispuesta a cambiar México, digamos que es gente profundamente conmovida por el sismo y que siente una gran empatía por sus similares que están pasando un terrible momento.

Ahora las preguntas: ¿Qué le hace más daño a México?, ¿Un sismo o la corrupción?, ¿Un sismo o la falta de educación de calidad?, ¿Un sismo o todos los sentimientos que tenemos hacia los pobres?, ¿Un sismo o la impunidad que hay en México?,

Como decía anteriormente el problema de México es estructural, es de raíz, digamos en términos prácticos “el que la gente remueva escombros y done despensas no creará mejores empleos ni meterá en la cárcel a los responsables de haber construido edificios deficientes, ni mejorará el nivel educativo, etc, etc…”.

Y es que el problema es la distancia tan grande que existe entre el estado y la sociedad, porque la sociedad ha tolerado sistemáticamente al estado, ha olvidado la relación que existe entre una y otra cosa y como he repetido muchas veces: la modernidad ha ido eliminando progresivamente el principio de correspondencia.

En consecuencia lo peor que le podría pasar a México ahora y que seguramente va a pasar es que todo vuelva a la normalidad, que nadie cuestione el por qué pasó lo que pasó que concluyamos que lo importante fue salvar las vidas de los atrapados en los escombros en lugar de pensar en por qué se cayó el edificio, y siguiendo con las preguntas incómodas, ¿A cuantos mató el sismo y cuantos mueren de hambre?, ¿Cuantos murieron por los escombros y cuantos ven sus vidas arruinadas por la violencia, la corrupción o la impunidad?.

La cuestión es relativamente simple, si todos saliéramos a exigir y hacer justicia por todas las causas justas en México, algo empezaría a cambiar y cuando digo “hacer” no entro en conflicto con el principio constitucional de que “nadie puede hacer justicia por cuenta propia” no soy de aquellos que promueven a los justicieros anónimos, hablo de una organización sistemática en donde los ciudadanos podamos vincular nuestras exigencias a la realidad, es decir, restablecer el principio de correspondencia. Un ejemplo “pequeñito” por allá del periodo de 2006 a 2012 subieron los impuestos y entre ellos hubo uno especial a las telecomunicaciones, en aquel entonces la sociedad se indignó y “se logró” que se gravara con un nuevo impuesto el internet, esto fue producto aparente de una sociedad, o por poner un ejemplo más reciente, la llamada ley “tres de tres” fue parte de una iniciativa social, ¿Hasta donde podría llegar una sociedad organizada?.

Ahora no nos hagamos ilusiones ni nada por el estilo, el problema no se va a solucionar con ideas, ni con políticas, tampoco con sanciones, el problema tiene que solucionarse de fondo, el problema se acerca más a una situación psicoanalítica en donde todos reconozcamos que pese a nuestras diferencias nos necesitamos mucho más de lo que parece, en donde seamos capaces de dejar de ser cangrejos, siempre jalando al que intenta escapar de la cubeta, en donde la sociedad pueda sitiar a los mecanismos que la tienen sitiada (referencia al libro “la sociedad sitiada”), pero el asunto insisto, creo no se completara en esta generación o este siglo, aun así es bienvenido el debate.

Señalo entonces que vivimos en una sociedad incapaz de actuar en consecuencia de algo, una sociedad que no sospecha, que no problematiza y que quiere mostrar cierta solidez, que quiere mostrar solidaridad, unión y orgullo en un evento que nos afecta a todos como nación, pero en donde la realidad es diferente, superficial y pasajera, como todo en este mundo líquido (referencia al libro “modernidad líquida”).

Insisto, lo peor sería (y probablemente va a ser) que esta reunión sea solo por “encimita” y mientras pasa el temblor, vale la pena mencionar que la revista proceso mencionaba que en los 32 años de diferencia entre el temblor del 85 y del 2017, no hemos aprendido nada, porque de nuevo volvieron a colapsar edificios por malas prácticas de construcción y mantenimiento.

Entonces queda por delante un evidente camino en “Y” en donde si elegimos transitar por donde estábamos transitando ya sabemos lo que nos espera, más de lo mismo y hasta el siguiente temblor para volvernos a reunir, mientras que por el otro camino se encuentra la posibilidad de ser “realistas” (no me gusta esa palabra) y asumir que hay mucho por hacer pero que estamos en desventaja los que auguramos un cambio y me refiero a un cambio ideológico, un cambio en el que aceptemos que hemos fracasado como civilización por egoístas y por pretender que la modernidad, es decir, la ciencia y la tecnología podrían “salvarnos” de los peligros de estar vivo, por ejemplo de los sismos, la realidad es que la vida es frágil y que la convivencia se pierde mientras los más afortunados siguen y seguirán tomando café en Starbucks intentándonos convencer de que eso es ser feliz.

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